🖩 La calculadora, Google, la Inteligencia Artificial

La Inteligencia Humana no es la medida de todas las cosas, ni siquiera es la medida de la Inteligencia. El «hágaselo usted mismo» de los artefactos digitales permite situar también arbitrariamente las etapas que primero condujeron a máquinas humanas, y ahora están a punto de conseguir humanos maquinales. Las tres fases popularizadas en el último medio siglo corresponden a la calculadora, Google y la Inteligencia Artificial.

En los años setenta, una Hewlett-Packard hacía imbatible a su propietario, otros añorarán la Texas Instruments. La agilización del cálculo revolucionó todas las parcelas de actividad, por ejemplo la Bolsa. Nadie le dedica hoy un segundo de agradecimiento a su calculadora, gracias a una virtud esencial, esta máquina nunca le ha defraudado y pasa desapercibida en los contenedores móviles. Tiene limitaciones de alcance, pero la exactitud está sobradamente acreditada.

En cambio, la biblioteca universal de Borges que hoy llamamos Google está tamizada por fuentes humanas falibles. Es opinable, una veleidad que constituye un vicio matemático. Por fortuna, se puede distinguir aunque ya solo sea porcentualmente el crédito comparado que merecen unas publicaciones sobre otras. En el último capítulo hasta la fecha, la Inteligencia Artificial resulta más subjetiva que los propios humanos, en cuanto que miente a conciencia y sin ruborizarse. Para cuando pueda averiguarse si sus errores corresponden a un plan premeditado, este programa destructor ya se habrá materializado.

Un elemental «cinco por dos» recibe una respuesta única en la calculadora, plantea alguna versión negacionista divergente en Google, y puede desatar un caos nuclear si la multiplicación ha de ser resuelta por la IA o Ignorancia Artificial. Cada nueva revolución comporta una ampliación del ámbito a costa de una pérdida de exactitud, la ambición digital progresa conforme se renuncia a la fiabilidad, que se entrega a una lucha a muerte entre las máquinas futuras.

El novelista Mick Herron de los caballos lentos nos ha reconciliado con la paradoja, por ejemplo al escribir que «era más improbable que saliera sin su teléfono que sin su cabeza». Entre otras cosas, porque el teléfono es su nueva cabeza. Esta cesión progresiva de facultades específicamente humanas tiene un origen más antiguo de lo que nuestra instantaneidad exige. En cuanto alguien piensa en comprarse un coche, está degradando su cuerpo, confesando una limitación estructural. Por supuesto, quienes han de venderle el automóvil despistarán con la infinita mejora en la calidad de vida.

El lenguaje camufla la apropiación indebida de facultades humanas a cargo de ingenios inhumanos. Se afirma con frivolidad que un piloto de Fórmula 1 es muy rápido, sin precisar que esto ocurre siempre que permanezca dentro del coche en marcha. El peatón también ha renunciado a la capacidad de cálculo. Con el pago por teléfono no solo podrá prescindir de las operaciones, sino también de los números, un gráfico o un emoji le indicarán si puede afrontar un gasto. De todas formas, quién distingue entre un sexto y un séptimo, pese a que la diferencia entre ambas fracciones se aproxima al veinte por ciento. A un 17 por ciento, para ser exactos, pero quién está contando.

No se necesita la evidencia de un coche para humillar al ser pedestre, la insinuación misma de una máquina veloz materializa el menosprecio. Contemplar la viabilidad de un ingenio que abarca la mente es suficiente para degradarla. Desde la apoteosis de la IA en esta década, los seres humanos se miran mutuamente de diferente manera. En la antigüedad, Erich Fromm presumía de que «cuanto mayor es su poder sobre las máquinas, mayor es su importancia como ser humano». La promoción de la IA renuncia explícitamente a esta superioridad, a punto de criminalizarla.

Debería ajustarse cuando menos la nomenclatura. No se llama Inteligencia Artificial, porque no la hay de otro tipo. Nadie habla de Velocidad Artificial cuando circula en coche, nadie dice que Deep Blue derrotó a Kaspárov jugando al Ajedrez Artificial. No se denuncia aquí la frivolidad con la que se maneja la realidad, sino el menosprecio a la artificialidad. ¿La Mona Lisa o la torre Eiffel son artificiales? Aparte de que en la IA ni siquiera hay dos bandos, como cuando cayó el campeón mundial de go.

El contenido de su móvil define a un ser humano con mayor exactitud que su frágil memoria personal. Como escribiría Mick Herron, «dame tu iPhone y quédate con tu cabeza». Con la IA, será el chatbot quien tendrá que responsabilizarse de su mascota humana, hasta el punto de que el ingenio podrá ser convocado para dar testimonio en un juicio, o para figurar como acusado.

Y a las puertas del futuro aguarda una Mecánica Cuántica individualizada, a un paso de que el medidor decida el valor de la medida, en una versión asimilada de los «hechos alternativos» predicados por Donald Trump y rebatidos como supercherías por la ortodoxia. El futuro se ha acelerado, y se aleja cada vez más del ser humano en una disrupción unilateral. El porvenir no se construye, se ‘constrhuye’.

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