Los gobiernos futuros se enfrentarán a una serie de retos. Muchos de ellos no son nuevos; tenemos muchas asignaturas pendientes. Cada enero volvemos a decirnos que haremos más deporte, leeremos más, comeremos mejor.
A todas estas asignaturas pendientes, no menores, se suma un reto que parece complicarse a base de días: el de navegar las nuevas olas geopolíticas, que parecen poner a prueba el futuro de Occidente, la OTAN y el rol de Europa. Trabajar para mantener y fortalecer el vínculo transatlántico (siempre que siga teniendo sentido) y velar por nuestra seguridad es normal que se convierta en el reto central de cualquier gobierno.
Pero hay otra cuestión absolutamente primordial para los gobiernos: la educación, ante la llegada de la inteligencia artificial, y cómo adecuarla para que las siguientes generaciones no solo estén preparadas para los retos del futuro, sino para que se conviertan en personas que sigan aportando a la sociedad y a la humanidad en su conjunto.
Los avances que nos brindará la inteligencia artificial son innumerables, muchos de ellos de sobra conocidos. Sería absurdo no aprovecharla para mejorar ámbitos tan cruciales como la ciencia y la medicina. Solo en el ámbito de la medicina, la IA permitirá diagnósticos más tempranos y precisos, el descubrimiento acelerado de fármacos, la medicina personalizada y una mejor predicción y prevención de enfermedades. En el mundo empresarial, ayudará a aumentar exponencialmente la productividad; en el entorno político e institucional, permitirá implementar políticas basadas en evidencia. Es evidente que debemos aprovechar las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial cuando estas contribuyen de manera clara a mejorar nuestro bienestar. Pero ¿todo lo que trae la inteligencia artificial consigo es necesariamente bueno? ¿Cómo serán los usuarios de la IA del futuro? Nosotros sabemos el uso que le damos hoy, pero ¿cómo la utilizarán quienes han nacido con ella y qué consecuencias conllevará?
Está claro que la IA ha llegado para quedarse y que su llegada supondrá una profunda revolución no solo en el mercado laboral, sino también, necesariamente, en la educación. Vivimos en un mundo donde cada vez resulta menos necesario el «conocimiento» entendido como la memorización de fechas, datos y otra información a la que nuestra generación y las anteriores dedicaron incontables horas. Todo eso está hoy más accesible que nunca, al alcance de cualquiera y en cuestión de segundos. Asimismo, la IA puede ayudar a los jóvenes a sintetizar una lectura, redactar un ensayo o resolver problemas matemáticos complejos en segundos y sin necesidad de pensar, si deciden apoyarse en ella.
En este sentido, la transformación de la educación será profunda. Pero es fundamental que esta no se limite a instruir a los jóvenes en el uso (responsable) de la IA y en sus innumerables bondades como herramienta de trabajo, sino que, de manera incluso más importante, potencie todo aquello que nos distingue de la máquina, reforzando lo que nos hace intrínsecamente humanos. Dicho de otro modo: lo que preocupa de quienes han nacido con la inteligencia artificial no es tanto su capacidad técnica, sino la motivación que puedan tener (o dejar de tener) para hacer aquello que realmente nos hace humanos.
Si entendemos la humanidad como nuestra condición compartida, caracterizada por el pensamiento, la creatividad y la capacidad de progreso, no es descabellado pensar que, si nos descuidamos, la inteligencia artificial podría llegar a acabar precisamente con aquello que nos ha diferenciado como especie y que da sentido a lo que hacemos. Si repasamos los momentos de progreso más relevantes de nuestra historia, como el Renacimiento, la Ilustración o la Revolución Industrial, todos tuvieron un motor común: el pensamiento y la creatividad humana. Hasta ahora, el progreso era inconcebible sin ambos. Sin embargo, con la llegada de la IA a nuestras vidas (y sin perjuicio de que exista un enorme potencial para crear cosas extraordinarias con ella que sí requieren de ingeniosidad humana), parece cada vez más posible el progreso sin el pensamiento. El progreso sin creatividad.
El pensamiento y la creatividad nos hacen humanos. Nuestra necesidad innata de crear y de comprender el mundo, de darle forma y sentido a través de la expresión y la innovación, es parte esencial de lo que somos. Cuando sean las máquinas las que redacten las novelas más complejas, escriban los guiones cinematográficos más conmovedores, diseñen la ropa más innovadora o pinten los cuadros más impactantes, ¿cuál será la motivación de las personas para hacerlo por sí mismas, partiendo de una hoja en blanco y un lápiz? Y, sobre todo, ¿cuál será el valor de las obras que sí sean humanas? El día que las máquinas aprendan a pincelar con la destreza de Velázquez (si no lo han hecho ya) o a hilar palabras como García Márquez, ¿a qué le daremos más valor? ¿Al producto final, independientemente de su origen, o al esfuerzo de quien ha razonado, creado y aportado algo nuevo e inherentemente humano?
En la novela La rebelión de Atlas de Ayn Rand, uno de los testimonios más célebres sobre la razón y la creatividad humana como motores del progreso, las grandes mentes del mundo se refugian en una comunidad oculta. Ingenieros, científicos y artistas cuyo pensamiento individual ha sido asfixiado por un paradigma colectivista deciden detener el «motor del mundo».
En la novela, tras su desaparición, el mundo se desmorona. Sin embargo, el mundo actual es muy distinto. Si los pensadores de hoy se retirasen o perdiesen la motivación para seguir creando, es probable que el mundo no se detuviese en seco, sino que continuase funcionando como una máquina bien engrasada. Pero ¿qué mundo nos quedaría?
Está claro que no todos los jóvenes tienen por qué aspirar a ser el próximo Cervantes, Sorolla o Almodóvar; mentes como aquellas que se exiliaron a la comunidad oculta de Rand solo hay (por desgracia) unas pocas en cada generación. Pero independientemente del resultado final, pensar y crear es sano y esencial. Nuestros abuelos compraban enciclopedias para consultar datos, leían libros y periódicos, practicaban hobbies (en el caso de los míos, la escritura y la pintura) y resolvían sudokus y crucigramas a diario, hasta que las gafas de mayor graduación ya no les permitían descifrar la letra. Ejercitar la mente, ponerla a prueba y mantenerla activa les ayudaba a conservar su luz y su vitalidad.
Si, como sugiere Rand, la mente y nuestra capacidad de razonar son lo que nos hace intrínsecamente humanos, no debemos perder de vista la importancia del pensamiento individual en un mundo que nos invita, cada vez más, a delegarlo. Nuestra mente es nuestro mayor regalo. ¿Sabrán los jóvenes del mañana aprovecharlo? Asegurémonos de que sepan hacerlo
